Un repaso a la 55 Muestra Internacional de Cine

Los 22 títulos que integran la 55 Muestra Internacional de Cine han dado un toque cinéfilo a la actividad cultural de la ciudad de México durante varias semanas. A este periplo por la cinematografía mundial todavía le queda mucho rato pues estará itinerando por salas de todo el país. Aquí un repaso por la mayoría de ellos.

Gloria: el optimismo senil

Gloria es una mujer ya madura de cabellera teñida, sonrisa mona y esbeltez delicada. Su gracia se acentúa cuando a sus casi 60 años se mueve al ritmo de las cumbias de un club nocturno donde a veces encuentra alguna compañía interesante. Allí se cruza con un viejo ex naval acomplejado, aturdido por el fracaso matrimonial y todavía sometido por los chantajes de las hijas y la esposa.

En la pieza de Lelio hay un aliento por vivir pese a la pesadez y las desilusiones que llegan con la senilidad. Gloria choca contra un mundo de desatención, incomprensión e insatisfacción que a veces se agolpa contra las personas que llegan a su edad. Su motor es la necesidad de goce y vida, de extender la existencia dando justa cabida a la felicidad, la libertad y el deseo.

Gloria es un drama con brochazos de comedia, con humor suave y sencillez narrativa. No cuaja como filme fundamental, pero sí le alcanza para verla como película optimista y de mensaje liberador.

De tal padre, tal hijo: el recelo de parentesco

Dos parejas de esposos descubren que sus respectivos hijos fueron intercambiados en el hospital cuando apenas nacieron. Cada pareja crió al hijo del otro matrimonio durante seis años. Ryoata es un arquitecto en carrera acelerada hacia el gran éxito y junto con su esposa crió al pequeño Keita que sabremos no lleva su sangre. El dilema de Ryota sobre conservar al chico o gestionar para intercambiarlo por su hijo natural detona una serie de tragos amargos, confusión y rechazo que lo llevan comprender, no sin dolor, los principios de la verdadera paternidad, la consanguinidad y el parentesco.

De tal padre, tal hijo (2013) tiene buenos momentos de serena exposición de su tema. Incluso tiene lugar para los guiños al trabajo de otros directores, como cuando uno de los chicos acribilla en un comedor a los dos matrimonios con arma de juguete, en clara referencia a Un mejor mañana (1986) de John Woo.

Jazmín azul: el histerismo wannabe

Jazmín (Cate Blanchett) es una rubia que ya no quiso llamarse Jeanette y por eso se cambió el nombre. Socialite en bancarrota y tildada por el marido desfalcador, es una chica de excesos arribistas que va a dar a San Francisco, a la casa de la hermana, buscando rehacer su vida pero que tiene que lidiar con el cuñado de pretensiones mediocres y los arrimones que buscar acomodarle su jefe dentista quien le ha dado trabajo en su consultorio.

Su belleza y pinta de dama sofisticada atraen miradas, pero a la vez  el desequilibrio interior que le hace hablar como chiflada por la calle a cualquiera le causa extrañeza. Sus desvaríos antes la perdieron en laberintos de los que solo pudo salir tras sesiones de electrochoques.

Blanchett tiene mérito por su actuación de chica histérica, depresiva, arrogante y evasiva. Gesticula al por mayor y su verborrea puede ser tan suspicaz como hiriente. Quiere estudiar, quiere sobreponerse, quiere hacer algo con su vida y compartirla con “alguien sustancial”, dice.

Jazmín azul

Érase una vez yo, Verónica: el despiste existencial

Un agasajo orgiástico de cuerpos desnudos y revueltos en alguna playa de Recife abre la película brasileña de Marcelo Gomes Érase una vez yo, Verónica (2012). Filme que tiene como protagonista a la residente Verónica, quien se mira a sí misma como a una de sus enfermos: “Yo, paciente Verónica” repite varias veces a una pequeña grabadora a la que confiesa sus dudas y preocupaciones. Así va su autoterapia gracias a la cual nos enteramos de su temor sobre el futuro, ante un montón de incertidumbres y carencia de satisfacciones en lo amoroso y lo profesional.

La película pone acento en la vacilación ante la vida cuando todos los hechos alrededor de uno parecen carecer de sentido. La falta de rumbo a partir de las aspiraciones femeninas del personaje central determina casi todo. Aunque el filme de Gomes parece estancarse en esa disyuntiva.

La casa de la radio: una fiesta de voces

Cineasta con estudios de filosofía, el francés Nicolas Philibert trae para esta 55 Muestra un coro de voces y de anécdotas, una miscelánea de personalidades y de acciones. Para su filme La casa de la radio (2012) se metió a las meras entrañas de Radio France y así nos ofrece un documental muy sabroso.

Su pieza nos lleva a través de los pasillos y hacia adentro de las cabinas de locución, allí donde presentadores, periodistas e invitados dan vida a una especie de circo, de comedia mágica por la que fluye un ritmo, un aire, un vaivén de situaciones.

Sólo Dios perdona: una faramalla visual

En este filme Ryan Gosling hace de Julian, fugitivo gringo que administra junto con su desquiciado hermano un club de boxeo en Bangkok; operación que encubre lo que realmente les deja dinero, el narcotráfico. Julian tiene que confrontar al ex policía mutila-brazos Chang (Vithaya Pansringarm), menos hábil para las artes marciales que Jet Li o Jackie Chan pero que aun así le pone soberana madriza frente a los ojos de su madre Crystal (Kristin Scott Thomas), quien llega la capital tailandesa buscando vengar una afrenta que la ha sacudido.

Sólo Dios persona (2013) a ratos es un batidero de sangre y tripas, un ramillete de explosiones de sadismo y una sobre estilización (cine)fotográfica en la que el rojo domina la pantalla. El problema es que a sus personajes les falta sustancia y a su trama consistencia. Si bien el filme ofrece cuadros visuales muy cuidados, es difícil que se sostenga a base de la pura exuberancia en la forma y en el color.

Amor índigo: una alucinación estrambótica

En Amor índigo (2013) de Michel Gondry se cuenta la romántica y alucinante historia de Colin (Romain Duris), un inventor al que le irritan las canciones pop y quien queda prendido sentimentalmente de la angelical Chloe (Audrey Tautou). Dubitativo e inseguro conquista a la chica, no sin la ayuda de su amigo Chick (Gad Elmaleh) y el negro galanteador y multipráctico Nicolas (Omar Sy). Pero a Chloe le crece en los pulmones un lirio y Colin tendrá que sacar lo mejor de su creatividad para que su enamorada se cure.

Una mezcla de animación stop-motion, efectos especiales digitales, efectos mecánicos y acrobacia es, digamos, el resorte para que tome forma esta historia de ensueño en la que se goza la música de Duke Ellington y se venera la obra de “Jean-Sol Partre”. Pero esta maquinaria gondryana a veces parece tropezar por sus puntadas estrafalarias y retoques quirky. El ilusionismo que caracteriza la obra de este cineasta parece ser el solo motivo que debiera concentrar nuestra atención.

La vida de Adèle: el destape queer azulado

Mucho mejor el título Blue is the warmest color (El azul es el color más cálido) con el que este filme circula por algunas partes del mundo. Merecedora de la Palma de Oro a la mejor película en Cannes, la pieza del tunecino Abdellatif Kechiche desató polémica por sus explicitas escenas sexuales entre la confundida preparatoriana Adèle y la Tomboy peliazul Emma. Simplemente el encuentro con Emma abre la puerta a Adèle hacia su desprendimiento y a la revelación de su propia sexualidad, a la vez que a la experiencia del amor y del desamor.

No es quizás la historia con el más original tratamiento sobre el destape homosexual de un protagonista. Sin embargo, La vida de Adèle (2013) luce audaz en su representación del cuerpo femenino, que deja de ser espectáculo para la audiencia buscando mostrarse como sede donde se manifiestan a rienda suelta el deseo y la diferencia.

En casi tres horas vemos a cada rato muros azules, alumbrados azules, sábanas azules, ropas azules, pelos azules… El filme de Kechiche es uno sobre la libertad en clave azul, color que sirvió antes a directores como Kieslowski para plantear sus metáforas sobre la liberación.

La vida de Adèle

La vida de Adèle

Paraíso: Esperanza: la ilusión cortada de tajo

El cuerpo de la rubia de 13 años Melanie desentona con su bonita cara, por eso en el verano la llevan a un campamento para bajar de peso en la campiña austríaca donde hace amistad con otras chicas como ella. Lo que no esperaba es que para los chequeos médicos la revisaría un doctor cincuentón de maneras muy galantes, que la hace fantasear hasta desesperarse.

La reciente película de ficción de Ulrich Seidl  completa un trilogía en la que también están Paraíso: Amor y Paraíso: Fe. Ahora en Paraíso: Esperanza (2012), Seidl describe un relato simple sin giros alocados, lo que a veces el cine ofrece cuando se cruzan una adolescente y un tipo mucho mayor. De hecho se cortan de tajo la fantasía y el deseo que inquietan a Melanie, no sin antes sugerentes tentativas de acercamiento entre la chava y el doctor.

Perros perdidos: el cine del desencanto

Por supuesto, Tsai Ming Liang trae a esta 55 Muestra el filme más desencantador. El malayo es todo menos un director domesticado por la industria; sus filmes son agresivos por su decidida manera de distanciarse de las preferencias del gran público, de aquellos que siempre esperan imágenes dóciles.

Perros perdidos (2013) describe la penosa vida de Shiang-chyi Chen, un tipo que en un crucero  de la ciudad de Taipei soporta los fuertes vientos sosteniendo por largas horas un anuncio sobre la venta de lujosas casas. Sobrevive con sus dos hijos en una casona abandonada, derruida y oscura, en donde relumbra una gran pintura mural de lo que parece un pedazo de costa.

Es interesante cómo Ming Liang propone lo que propone a base de escasos diálogos y muchos planos generales. Nos cuenta todo a base de sus meditados encuadres, de una pensada disposición de los elementos en la escena. Y en ese discurso está la insistencia, como en todas sus películas, por mostrar al ser humano engullido por el capitalismo, el consumismo, la modernidad.

Perros perdidos

Perros perdidos

Berberian Sound Studio: El horror que se escucha

El talentoso Gilderoy (Toby Jones), sonidista nacido en Inglaterra, llega a Italia para trabajar en un filme misterioso. Allí, en los Estudios de Sonido Berberian se sonoriza El vórtice ecuestre, una película de horror de la que pronto sabremos que se trata de una pieza delirante.

Así la trama de la segunda película del inglés Peter Strickland, Berberian Sound Studio (2012), la cual se basa en el mito de los estudios Berberian, famosa empresa de los años 70 donde se sonorizaban películas de horror de serie B.

Aquí el sonido marca la pauta y dirige las emociones del espectador. Se trata de una propuesta que apela a las convenciones del cine de horror sin requerir propiamente una historia horripilante de sangre y asesinatos. Con gran acierto, Strickland explota las virtudes del sonido para contar un cuento inquietante prácticamente con puro diseño sonoro.

Las horas muertas: el tedio sobre el tedio

Mario, un chavo apenas por cumplir los 18, espera que la vida en el motel Palma Real que administra temporalmente por encargo del tío le ofrezca más emociones. Miranda, corredora de inmuebles de 35 años, siempre espera en la habitación 10 de ese parador veracruzano a donde su amante todo el tiempo llega demorado. Horas de tedio, ratos de hastío que llevan a ambos a juntarse pasajeramente sólo para avivar un poco la existencia.

Las horas muertas (2013) de Aarón Fernández cuenta la historia que se da entre dos distintas soledades. La de él es la de chaval detenido en un sitio apartado y ansioso porque llegue todo lo que le tiene deparado la vida; la de ella es la de quien ha visto pasar las grandes oportunidades. Pero este roce entre Mario y Miranda nos ofrece poco. Hay un punto desde el que la película de Fernández avanza con el piloto automático puesto, y así la vemos terminar.

Los perversos: la abominación familiar

Marco (Vincent Lindon), literalmente abandona el barco una vez que su cuñado se ha quitado la vida. Ahora como ex capitán de un carguero francés acude al auxilio de su viuda y negligente hermana, y de su sobrina víctima de abusos que en un inicio no imaginamos. Su desquite apunta a un empresario adinerado quien vive con amante y pequeño hijo en un cómodo apartamento de un edificio parisino. Por eso entonces Marco decide rentar ahí, con el propósito de consumar su venganza.

La cineasta Claire Denis pone suspenso y dosis de drama en Los perversos (2013), una película poco compleja al inicio pero que controladamente se va aclarando en su trama. Denis va muy adentro en las emociones de los personajes de este filme elíptico en el que se descubren secretos, vicios y degradación familiar.

Por Alan Rodríguez

Colaboración publicada en tres entregas para La Jornada On Line los días 7, 14 y 28 de noviembre de 2013

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